Salvador París Ferrer es ingeniero, profesor universitario adjunto en la Universidad Nebrija, y perito de seguros de Autos en Inpertec SL. Este asociado de APCAS vive y trabaja en la zona cero afectada por la dana de octubre de 2024. En esta entrevista -con la que iniciamos una serie de contenidos vinculados al papel de los profesionales de la Pericia tras la dana- desvela cómo es posible vivir una catástrofe de esta entidad como damnificado y como profesional, coordinando cientos de peritaciones de automóvil, mientras su propia casa y despacho quedaban devastados.

Salvador París
El 29 de octubre de 2024, mientras impartía
clase en la Universidad Nebrija de Madrid, Salvador recibió la primera llamada
que cambiaría su vida: el agua empezaba a entrar en su casa en Sedaví. Sin
pensárselo dos veces, regresó al día siguiente, de madrugada, a una zona
arrasada por la dana, con un metro veinte de agua en su vivienda y dos metros y
medio en su despacho de Paiporta. Desde entonces, ha compaginado su propia
reconstrucción personal con la gestión técnica de más de mil vehículos
siniestrados en esa catástrofe, demostrando que la Pericia no es solo cálculo y
normativa, sino también empatía, temple y compromiso.
PERICIA - ¿Dónde vivías y trabajabas en el momento en que se produjo la dana?
SALVADOR PARÍS - Vivo en Sedaví, en la ‘zona cero’ de la dana y mi despacho está en Paiporta, en la ‘zona cero’ también. Estaba en Madrid dando clases en la Universidad Nebrija, ya que soy ingeniero y estoy en la Escuela de Ingeniería, en segundo curso, dando clases de reglamentación a los alumnos. En ese momento me encuentro allí, el 29 de octubre, y el 30 eran los exámenes parciales de dos clases. Ese día, a las siete y media de la tarde, que volvía a coger el AVE, nos dijeron que no había trenes. En ese momento, aún pude hablar con mi hijo, antes de las alertas, y ya me dijo que estaba llegando agua por la calle, un palmo de agua y que entraba en el garaje.
Entonces, le dije que iba a intentar volver a casa y, si no podía, me quedaría en Madrid a dormir y al día siguiente hablaríamos, pensando que era una inundación como las que ya ha habido en nuestra zona, de un palmo de agua y poco más. A partir de ahí, ya no pude hablar con mi familia, y hasta las 8 de la tarde del día siguiente no lo conseguí, ni sabía si les había pasado algo, si estaban vivos o muertos, si estaban flotando, no sabía nada, y no podía saber nada. Mientras, tuve que buscarme un hotel en Madrid, comprarme ropa para poder funcionar y me quedé a dormir allí. Al día siguiente, tenía que cumplir con mi obligación, intenté hablar con mi familia, no pude y, claro, lógicamente, estuve muy nervioso e intranquilo, pero tenía que cumplir con mi deber profesional.
PERICIA - ¿Cómo llegaste a tu lugar de residencia y trabajo?
SALVADOR PARÍS - Tuve que ir de empresa en empresa buscando un coche de alquiler, porque no había y, por suerte, me llevé el penúltimo en una de las casas de alquiler; muy caro, sí, pero bueno, tuve que coger un todoterreno de alta gama. Entonces salí de Madrid a las siete y media de la tarde y llegué a Sedaví a las dos y media de la mañana con el navegador del BMW, porque el Google Maps no me dejaba, me decía que era imposible y me llevó por Albacete, por Almansa. Pasé junto a los camiones de la UME que iban a ayudar, los adelanté, luego me metió el navegador por carreteras secundarias y por carreteras vecinales. Cuando me iba acercando por Algemesí, donde también hubo inundaciones, tuve que pasar por encima de rotondas, motos siniestradas, restos de neveras, acequias, pasé por donde pude y, al final, llegué a Sedaví. Como pude, aparqué en el extrarradio, porque era imposible entrar en el pueblo, ya que había pilas de coches amontonados. Y en un trayecto de 300 metros hasta mi casa, que normalmente tardaría entre cinco o diez minutos, tardé casi 50 minutos escalando por pilas de coches amontonados, pasé por el medio de un coche que a modo de túnel habían abierto las puertas para que pasara el agua. Había barricadas de coches, trastos y basura, y encontré gente robando, saqueando supermercados, negocios, no había luz. Y, al final, conseguí entrar en mi casa, con 40 centímetros de barro, no podía abrir la puerta porque el barro hacía presión; el agua llegó a un metro veinte de altura.
PERICIA - ¿Cómo pudiste desarrollar tu trabajo esas primeras horas?
SALVADOR PARÍS - Pude hablar con los peritos porque se marcharon de la oficina hacia las cuatro o cinco de la tarde; les habían advertido de que podía haber problemas en Paiporta. Salieron antes de que llegara el agua y, gracias a eso, se salvaron. y conseguí repartir el trabajo desde el hotel en Madrid, donde estuve trabajando toda la mañana. Desde el hotel en Madrid conseguí reorganizar el trabajo y estuve toda la mañana coordinándolo a distancia. En la oficina no había luz, pero yo tenía una copia de todo en el portátil, así que pude repartir tareas desde allí. Después me fui a la universidad a examinar a los alumnos. Cuando terminé, sobre las siete y media de la tarde, seguíamos sin AVE y ya se conocía la magnitud real de la catástrofe.
A la oficina no logramos volver hasta Navidad, concretamente hasta el 28 o 29 de diciembre, cuando acudió el ejército. Antes habían pasado la policía forense, los bomberos y la Unidad Militar de Emergencias para inspeccionar el garaje del local y comprobar que no hubiera fallecidos. Además, los inversores de las placas solares estaban sumergidos y emitían gases, lo que complicaba aún más el acceso. En mi casa, en la parte de abajo, se llevó todo.
PERICIA - ¿Cuáles fueron los daños y pérdidas, tanto personales como en tu negocio?
SALVADOR PARÍS - A nivel de pérdidas personales, además de los daños en casa, lo perdimos casi todo. Se estropearon mis dos coches, el de trabajo y el de mi hijo mayor, las dos motos y también otra que tenía en el despacho, por si algún día la necesitaba. Era una clásica y, aunque antigua, funcionaba perfectamente.
Perdimos archivos, fotos, recuerdos familiares… Mi propio despacho que tenía en mi casa también lo perdí, puertas arrancadas de cuajo, marcos, armarios completos, roperos para tirar a la basura… Dos metros y medio de barro en el despacho, en el garaje.
Tuvimos, dentro de todo, una suerte: vivíamos en una segunda planta y manteníamos copias de los ordenadores en la nube. Eso nos permitió salvar la información esencial. Cuando por fin entramos en la oficina en diciembre, era como una cápsula del tiempo. Todo seguía exactamente igual que el 29 de octubre, como si el reloj se hubiera detenido.
Sin embargo, los continuos cortes de luz
durante la reconstrucción de la ‘zona cero’ terminaron dañando el ordenador que
hacía de servidor. No quedó más remedio que comprar uno nuevo.
Una de las motos de la familia de Salvador París siniestrada.
PERICIA - ¿Durante cuánto tiempo se vio afectada tu vida cotidiana?
SALVADOR PARÍS - Casi diría que las consecuencias se han alargado hasta hoy. El edificio ha estado en obras por dentro durante meses: sin ascensor, sin garaje. De hecho, el garaje no lo recuperamos hasta hace apenas dos meses, y el ascensor volvió a funcionar en verano.
En el plano personal también fue complicado. Un compañero me prestó el coche de su mujer durante tres meses, hasta que el Consorcio me abonó el primero, cerca de Navidad. El coche de empresa no lo pagaron hasta casi marzo de 2025, y las motos llegaron también ya entrado 2025. Los daños de mi casa los cobré a final de año. En cuanto al despacho, como la mayor parte eran archivos y el edificio era de alquiler, no dimos parte por ese contenido; los daños estructurales los asumió el Consorcio con el arrendador.
Los cortes de luz nos afectaron muchísimo en el día a día, y todavía hoy sufrimos algunos. Durante casi un mes no se podía circular por el pueblo: estaba lleno de escombros, basura y coches anegados.
En mi caso, además, el ejército entró en casa para sacar el coche de mi hijo. Al ser automático y estar en un garaje inundado, no podían moverlo; tuvieron que arrastrarlo y lo dejaron en mitad de la calle. En un descuido, desapareció. Se lo llevó una red que estaba retirando vehículos para desguazarlos y vender piezas en el extranjero. Logré averiguar en qué desguace estaba y tuve que contactar con la Guardia Civil para que interviniera y me permitieran acceder. Finalmente, tras negociar, aceptaron quedarse con los restos, me pagaron una cantidad razonable y me facilitaron la baja definitiva del coche.
PERICIA - ¿Cómo viviste, profesionalmente, los días posteriores a la dana?
SALVADOR PARÍS - Durante aquellos días recibí muchas llamadas, sobre todo de clientes para los que solemos peritar y trabajar. Me contactaron desde el colegio de ingenieros, compañías aseguradoras y macrogabinetes con los que colaboramos habitualmente. Querían saber si podíamos echar una mano al Consorcio en la peritación de vehículos. Dijimos que sí. Como consecuencia, hemos peritado cientos de coches, entre compañías y clientes para los que trabajamos.
En lo laboral fuimos una auténtica piña. Puedo
presumir de equipo, de que nos ayudamos unos a otros y nos cuidamos mutuamente,
y a partir de que ya pudimos ir al despacho en diciembre, lo hicimos
posteriormente fines de semana completos, sábados y domingos, hasta mediodía,
para sacar el trabajo porque, claro, las condiciones, incluso para llegar, eran
muy complicadas: al principio yo iba caminando desde mi casa, que está a casi 3
kilómetros de la oficina, porque era imposible acceder. Igual que ir a comprar
comida. Las dos primeras semanas tuve que ir andando
hasta Valencia. Más tarde me dejaron un coche, pero tampoco podíamos circular
por dentro del pueblo: había que aparcar en el extrarradio y entrar a pie. El
casco urbano estaba literalmente tomado por el ejército y las fuerzas de
seguridad.
PERICIA - ¿Cómo se gestiona emocionalmente una catástrofe cuando uno mismo es damnificado?
SALVADOR PARÍS – Gracias al apoyo familiar y de amigos. Y no hay más. Y sobreponiéndote, sacando toda tu valía, toda tu experiencia, tanto vital como profesional, e intentando sacar fuerzas de donde no hay y confiando en que pasaría todo y que saldríamos más fuertes, como así ha sido. La verdad es que, al ejercer el trabajo en estas circunstancias, hemos tenido multitud de casos, vivencias y anécdotas. Desde gente que, al identificarnos como peritos del Consorcio a través de la compañía, vertían contra nosotros la ira y la rabia contenida la vertían sobre nosotros. Cuando demostrábamos que nosotros también éramos damnificados, además de técnicos, y que estamos intentando ayudar y empatizar con ellos, pues poco menos que nos invitaban a comer a su casa y nos abrazaban.
Sí que es duro, sí. Peritar y valorar daños en estas condiciones lo es. Ves los destrozos de cerca, compruebas cómo se ha gestionado la catástrofe, cómo todo se ha ido polarizando y viendo cómo se está llevando este tema en las administraciones… y eso afecta emocionalmente en muchos sentidos. Es duro también porque tenías que entrar en los domicilios de la gente y ves toda la devastación y todo el dolor.
En muchos casos hay una sensación clara de desamparo y abandono. La impotencia de no saber a dónde acudir ni cómo hacerlo pesa mucho. Les dicen que entren en una web o que llamen a un número, pero no hay cobertura, no hay electricidad, no hay wifi, no hay internet. Y, además, mucha gente mayor no tiene ordenador, no sabe manejarlo o simplemente no quiere. Sin embargo, les decían que todo debía hacerse de forma telemática porque presencialmente no había espacio ni siquiera para instalar un banco móvil o un supermercado provisional. Las calles estaban colapsadas por coches, escombros y barro. Era materialmente imposible. Y en medio de todo eso, la gente se sentía sola, desmotivada, sin solución.
PERICIA - ¿Hubo muchos casos de personas sin seguro o con coberturas insuficientes? ¿Se encontraron con cláusulas que desconocían?
SALVADOR PARÍS - Efectivamente, había gente sin cobertura. Unos vecinos míos, por ejemplo, no tenían cobertura en el local donde estaban de alquiler y me pidieron si podía recomendarles un perito de parte para tramitar la indemnización con el Consorcio, o incluso contactar con un letrado que les orientara. También me ocurrió que, al ir a peritar coches de personas del pueblo, cuando me veían no me asociaban con ese trabajo; se quedaban sorprendidos, casi desconcertados, y enseguida pedían ayuda.
No había suficientes medios humanos, por supuesto que no. Llegaron profesionales de toda España, se les reconocía por los chalecos de sus empresas, pero muchos estaban desubicados. No sabían a qué campa dirigirse porque los vehículos se habían ido trasladando de un sitio a otro. Incluso hubo casos de pilas de coches donde el que quedaba abajo estaba enterrado uno o dos metros bajo tierra por el peso del resto.
PERICIA - ¿Qué era lo que más preocupaba a los asegurados?
SALVADOR PARÍS - A la mayoría de la gente honrada y formal lo que le preocupaba era el poder volver a tener la vida como antes de la dana; esa era la preocupación principal, y el poder poner en orden un poco todo: que el Estado, el Gobierno, la Conselleria, el Consorcio, el que fuera, les pudiera proporcionar los medios para poder volver a una vida relativamente normal como antes de la dana. Esa era la preocupación. Luego, efectivamente, había gente sin seguro, o con cláusulas que desconocían. Lo que te preguntaban muchas veces era saber cómo funcionaba lo del Consorcio, dónde acudir o cómo contactar; esa era un poco la preocupación principal.
PERICIA - ¿Qué crees que fue lo mejor y lo peor que la dana sacó a las personas?
SALVADOR PARÍS - Lo mejor, la solidaridad, los voluntarios y las fuerzas del orden, en general. Ha sido algo bastante reconfortante para los damnificados. En mi caso particular, también. A mi propia casa vinieron unas 15 personas jóvenes; entraron en la cochera y nos ayudaron a sacar todo a la calle para que se lo llevaran. En el despacho ocurrió algo parecido: acudió el ejército, la UME, y colaboraron retirando enseres y barro.
Pero también ha habido otro tipo de gente. Gente que, por ejemplo, ha paseado su vehículo por la ‘zona cero’ para que se impregnara de barro… Personas que han intentado engañarnos a los peritos, intentado “colar” averías propias de desgaste y de uso de los vehículos. Llegaron a enviarnos fotos de GPS que ni siquiera eran suyas. Detectamos casos de motos desmontadas y llenas de barro a posteriori, aunque luego comprobamos que no estaban allí el día del siniestro. O gente que intentaba, de cualquier manera, que el Consorcio pagase más daños de los que tenía.
También presencié saqueos. Incluso, como comentaba antes, tuve que recurrir a la Guardia Civil porque se llevaron uno de nuestros coches a un desguace… cosas increíbles.

PERICIA - ¿Qué cambiarías en la gestión de catástrofes tras vivirlo en primera persona?
SALVADOR PARÍS – Intentaría, ante todo, anticipar mejor este tipo de situaciones. Debería existir una rutina clara para catástrofes así, no solo unas pautas básicas. Que todo el mundo dispusiera de un kit de supervivencia y de instrucciones precisas, comprensibles para todos: personas mayores, niños, cualquiera. Que se supiera con claridad qué puede ocurrir y cómo actuar para evitar imprudencias, como salir en plena riada, que en este caso fue como un tsunami de agua y barro. Que la gente tuviera claro que hay que subir a plantas altas, almacenar comida no perecedera y tomar precauciones elementales.
También es fundamental que las Administraciones informen por cualquier medio disponible. Nosotros estuvimos varios días sin luz ni agua, sin saber qué ocurría fuera. Personas mayores con movilidad reducida no podían salir de casa ni comprar alimentos, y tuvimos que llevárselos nosotros. El mensaje es muy claro: hacen falta hábitos de supervivencia ante una catástrofe.
PERICIA - ¿Qué has aprendido a nivel personal y profesional tras esta experiencia?
SALVADOR PARÍS - A nivel personal, he aprendido que, aunque tengas ayuda, conviene ser autosuficiente en la medida de lo posible. Y que la familia y los amigos son esenciales, porque es lo que al final queda detrás de todo esto. También me sorprendió, gratamente, la solidaridad de personas de fuera.
Sobrevivir a una situación así implica mantener la calma. Lo instintivo es entrar en pánico, pero lo necesario es pensar con claridad qué está pasando y cómo salir adelante. Hace falta fortaleza mental y física. Pasamos días durmiendo apenas unas horas: a las cinco de la mañana ya estaban las sirenas de ambulancias y fuerzas de seguridad, y la maquinaria trabajaba hasta las diez u once de la noche. Era una realidad difícil de asimilar.
En lo profesional, comprobé que uno puede sacar fuerzas incluso cuando cree que no le quedan. Intenté ayudar desde mi ámbito, empatizando con asegurados y damnificados, explicando con detalle los procedimientos, cómo valoraba y gestionaba el Consorcio de Compensación de Seguros, hasta donde alcanzaba nuestra información. Fue clave organizarse bien, no venirse abajo y cuidar lo básico: descansar, comer, dormir cuando se podía. Sabíamos que al día siguiente todo continuaría. Esa intensidad se prolongó, sin exagerar, entre cuatro y seis meses. Y todavía hoy seguimos realizando peritaciones relacionadas con la dana; siguen apareciendo vehículos afectados y dados de baja en tráfico. Por eso la información, a todos los niveles, resulta tan importante.
PERICIA - Por último, ¿podrías definir, en una sola palabra, esta catástrofe?
SALVADOR PARÍS - CATÁSTROFE, esa es la palabra, no hay otra.


