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Cuando el barro lo cubre todo… también aflora la verdad de una profesión

Carta del director

Carlos Alonso, director de PERICIA

Hay momentos en los que una profesión se define a sí misma sin necesidad de discursos, normativas ni posicionamientos institucionales. Momentos en los que la realidad supera cualquier relato y obliga a mostrar, sin artificios, qué somos y para qué estamos. La dana de Valencia de 2024 ha sido uno de esos momentos.

Los testimonios que recoge nuestro reportaje no son únicamente relatos profesionales; son, sobre todo, relatos humanos. Profesionales que han trabajado en condiciones extremas, sin infraestructuras, sin descanso, en entornos hostiles y, en muchos casos, siendo ellos mismos damnificados. Peritos que, como Salvador París, han tenido que coordinar cientos de expedientes mientras veían cómo su propia vida quedaba arrasada por el agua y el barro

Pero lo verdaderamente relevante no es solo lo que han hecho, sino cómo lo han hecho. Porque, en medio de la devastación, la Pericia Aseguradora ha demostrado algo que a menudo pasa desapercibido: que no es únicamente una disciplina técnica, sino una función social esencial. Una actividad que, en situaciones límite, se convierte en un elemento clave para que miles de personas puedan empezar a reconstruir sus vidas.

Los relatos coinciden en una idea: el Perito de Seguros no solo evalúa daños, sino que gestiona expectativas, escucha, explica y acompaña. En muchos casos, es el primer interlocutor técnico que se enfrenta cara a cara con el asegurado en el momento más crítico de su vida. Y eso, como bien reflejan los testimonios, deja huella. No solo en quien recibe esa atención, sino también, de forma profunda, en quien la presta.

Sin embargo, sería un error quedarnos únicamente en el reconocimiento. Porque si algo pone de manifiesto esta catástrofe es también la existencia de debilidades estructurales que el sector no puede seguir ignorando.

La primera es evidente: la falta de preparación colectiva ante eventos de esta magnitud. La improvisación logística, la duplicidad de actuaciones, la descoordinación entre actores y la ausencia de protocolos claros han sido señaladas de forma reiterada por los propios profesionales. No es una cuestión de voluntad, sino de sistema. Y los sistemas, cuando fallan, lo hacen siempre en el peor momento.

La segunda debilidad tiene que ver con la propia profesión. La Pericia Aseguradora exige hoy un nivel de cualificación, responsabilidad y dedicación extraordinarios, pero sigue arrastrando un problema estructural de reconocimiento y de retribución. Una profesión crítica para el funcionamiento del seguro no puede sostenerse sobre un modelo que desincentiva el relevo generacional. Es, sencillamente, incompatible.

Y la tercera, quizá la más incómoda, afecta a la relación entre los distintos actores del sector. La catástrofe ha evidenciado tanto ejemplos de excelencia profesional como situaciones inaceptables, desde la falta de empatía hasta actuaciones

claramente deficientes. Esto no puede ser considerado anecdótico. Cuando el sistema falla en su eslabón más visible, el impacto reputacional afecta a todo el conjunto.

Por eso, este número no puede ser solo un ejercicio de memoria. Debe ser, sobre todo, un punto de inflexión.

El futuro de la Pericia Aseguradora pasa por varias líneas claras. En primer lugar, por la profesionalización real del sistema, con protocolos de actuación definidos, coordinación efectiva entre Consorcio, aseguradoras y gabinetes, e integración tecnológica que incluya al Perito como pieza central del proceso.

En segundo lugar, por la dignificación de la profesión, abordando sin ambages el problema de los honorarios y generando condiciones que hagan viable su ejercicio a largo plazo. No se trata de una reivindicación corporativa, sino de una necesidad estructural del sector asegurador.

En tercer lugar, por la evolución del propio rol del Perito de Seguros, capaz de ir más allá del siniestro y convertir su conocimiento en prevención. Ese es, probablemente, uno de los grandes retos compartidos con las aseguradoras.

Y, finalmente, por la unidad del colectivo. Porque si algo queda claro tras esta experiencia es que la fortaleza de la profesión no reside únicamente en su conocimiento técnico, sino en su capacidad de actuar de forma cohesionada.

Existe, además, un elemento transversal que no puede obviarse: la tecnología. La inteligencia artificial, la digitalización y la automatización van a transformar profundamente la actividad pericial. Pero conviene no confundirse. Ninguna herramienta sustituye al criterio profesional en contextos complejos, y pensar lo contrario sería un error con consecuencias evidentes.

La dana de Valencia ha sido una catástrofe en todos los sentidos. Pero también ha sido un espejo. Un espejo que nos muestra lo mejor de la profesión —su compromiso, su capacidad de adaptación, su humanidad— y, al mismo tiempo, sus carencias.

La pregunta no es qué ocurrió. La pregunta es qué vamos a hacer con lo aprendido.

Porque la próxima catástrofe llegará. Y lo único que determinará la diferencia será si hemos sido capaces, o no, de estar a la altura.

La dana en Castellar-Oliveral
Tribuna sobre el papel del Perito de Seguros en la dana de 2024