José Bonafont, perito de seguros y gerente de Gabinete Pericial Bonafont S.L.
Mi nombre es José Bonafont y resido en Castellar-Oliveral, una pedanía valenciana que el 29 de octubre de 2024 fue golpeada por la devastación de la dana. En nuestra comunidad, jamás imaginamos enfrentarnos a un fenómeno de tal magnitud; a día de hoy, persiste la sensación de que aún no hemos procesado plenamente el alcance del trauma padecido.
Ver a familiares, amigos y vecinos sumidos en la precariedad genera un cúmulo de necesidades que desbordan cualquier capacidad individual. En esos instantes de naufragio colectivo, la consciencia de las propias limitaciones resulta demoledora. Te hallas en un escenario bélico, donde la voluntad de socorrer choca frontalmente con la imposibilidad de llegar a todos.
Aquella jornada concluyó como cualquier otra jornada laboral. Mientras las noticias y mensajes advertían de zonas anegadas en localidades colindantes, el cielo sobre nosotros permanecía en calma, lo que nos indujo a una incredulidad inicial. Sin embargo, la advertencia de los familiares fue rotunda: el agua avanzaba implacable. La incertidumbre sobre cómo proceder nos invadió, pero esa breve tregua temporal nos permitió prepararnos para lo inevitable. Y el agua llegó, inundando nuestras vidas.
Los días subsiguientes se centraron en el auxilio básico a los más vulnerables. No obstante, en cuanto la emergencia vital remitió, surgió una crisis burocrática sin precedentes. Debido a mi perfil profesional, me vi desbordado por una marea de damnificados que buscaban orientación para gestionar sus indemnizaciones ante el Consorcio de Compensación de Seguros. Comprendí entonces que mi misión era canalizar mis conocimientos para agilizar el resarcimiento de daños y devolver, en la medida de lo posible, una normalidad que se antojaba inalcanzable.
«En esos instantes de naufragio colectivo, la consciencia de las propias limitaciones resulta demoledora»
A pesar de que nuestro entorno operativo estaba destruido y la Administración sumida en el caos, pusimos a todo nuestro equipo a disposición de los afectados. En este escenario, la solidaridad fue nuestra única ayuda fiable: cuando perdimos la conectividad, fue la generosidad de un vecino —que nos facilitó acceso a su red— lo que nos permitió reemprender nuestra labor con ímpetu. Lamentablemente, la tragedia también mostró la cara de la indolencia. Fui testigo de cómo algunos profesionales enviados por el Consorcio carecían de la más mínima empatía hacia una población en estado de shock, así como algunos de ellos mostraban una gran prepotencia y falta de educación. Viví situaciones dantescas, como la visita de un supuesto perito que, en un acto de absoluta mofa, pretendió tasar los daños utilizando un juguete de «Star Wars» a modo de iluminación especial. Ante la desfachatez de ese individuo y la denegación improcedente de siniestros, decidimos pasar a la ofensiva legal, puesto que nos rehusó los daños en mi propia casa.
La burocracia se volvió un muro infranqueable para los más vulnerables. Hubo quienes, por falta de recursos o de competencias digitales, se vieron incapaces de acceder a una red saturada para pedir auxilio. A esto se sumó el drama de las familias sin seguro o con infraseguros, dejándoles en una situación de desamparo financiero total.
Debemos ser honestos: ninguna indemnización del Consorcio de Compensación de Seguros podrá devolver el valor sentimental de los objetos perdidos, las fotografías, los recuerdos de una vida. El dinero es un parche, pero el daño moral y patrimonial profundo es, en muchos casos, irreparable.
«Comprendí que mi misión era canalizar mis conocimientos para agilizar el resarcimiento de daños y devolver, en la medida de lo posible, una normalidad que se antojaba inalcanzable»
Aunque siempre surgen figuras que intentan aprovecharse del caos para beneficio propio, ese ruido se vuelve insignificante frente a la ola de solidaridad que inundó las calles. La calidad humana de los vecinos y voluntarios que, sin conocerse, se convirtieron en una sola familia, es el verdadero cimiento sobre el que se ha reconstruido la pedanía y las poblaciones afectadas; dejemos a un lado el falto calor político.
Actualmente seguimos ejerciendo la defensa técnica de los perjudicados aplicando el Artículo 38 de la Ley de Contrato de Seguro, con el fin de impugnar aquellas valoraciones que vulneran los derechos de quienes ya lo han perdido todo. No desistiremos mientras cualquier afectado precise de nuestra ayuda frente a la indefensión vivida. Por cierto, el plazo para reclamar es de dos años, para aquellos que piensan que ya no pueden reclamar.


