
Hablar sobre el futuro profesional de cualquier actividad, es tratar de ver el futuro bajo el prisma de la amenaza de la espada de Damocles. Es complejo saber lo que ocurrirá mañana, es verdad, pero sí podemos hablar de algunas macrotendencias. Hace años las noticias no cambiaban durante el día. Hoy en día los periódicos actualizan sus noticias cada hora y obviamente cuando hay una noticia de alcance son capaces de cambiar la cabecera de la edición del día y cambiar todo el contenido si fuera necesario. Todo ello en tiempo real. Hace tan sólo un par de décadas, tardábamos años en conseguir audiencias de 100 millones de personas. Hoy tardamos semanas. Todo se está transformando y el mundo asegurador y el ámbito de la peritación no se escapan a estos cambios.
Los cambios que se avecinan en el ámbito de la peritación, lejos de ser un problema, son parte de la solución: personalmente, estoy convencido de que la tecnología no viene a reemplazar al perito; viene a convertirlo en una versión más ágil, más precisa y más sofisticada de sí mismo. Algo parecido a lo que ocurre con los notarios: la tecnología puede agilizar su labor, dinamizarla y eliminar la parte más administrativa, pero no puede asumir la responsabilidad que implica su firma. Con los peritos sucede lo mismo. La figura técnica que analiza, interpreta y dictamina un siniestro o un riesgo, seguirá siendo imprescindible y su firma no será fácilmente sustituible.
«Es verdad: la IA detecta daños, pero no sabe valorar la magnitud real de las consecuencias ni si hay un siniestro previo relacionado»
Hoy ya contamos con soluciones capaces de automatizar tareas que antes consumían horas: sistemas que permiten valoraciones automáticas, análisis de imágenes, modelos predictivos… Herramientas que liberan tiempo para que el profesional se centre en lo que realmente importa: investigar, contrastar, interpretar y acompañar. Ese es el auténtico valor añadido de un perito.
Pongamos un ejemplo sencillo. Es cierto que la IA ya es capaz de detectar daños en un vehículo a partir de algunas simples fotografías. Puede identificar deformaciones, roturas o problemas estructurales y hasta puede estimar el coste de la reparación. Pero eso no significa que la labor del perito esté en riesgo. Al contrario: se transforma. Ahora, el perito puede dedicar más energía a aquello que una máquina no puede hacer y que no podrá hacer en algunos años todavía: hablamos de profundizar en siniestros complejos, reconstruir lo ocurrido con precisión técnica y funcional, analizar causas raíz, detectar incoherencias o posibles fraudes y, sobre todo, interpretar la situación teniendo en cuenta el contexto humano.
«La empatía y la capacidad de adaptarse a una situación sobrevenida todavía es una condición en donde los humanos ganamos a las máquinas»
Es verdad: la IA detecta daños, pero no sabe valorar la magnitud real de las consecuencias ni si hay un siniestro previo relacionado. Mucho menos puede ponerse en el lugar de una familia que acaba de sufrir un accidente o entender la importancia que para esa misma familia supone una resolución justa y rápida. Esto marca la diferencia. La empatía y la capacidad de adaptarse a una situación sobrevenida todavía es una condición en donde los humanos ganamos a las máquinas.
Por eso el mensaje es claro: el futuro del perito no consiste en competir con la tecnología, sino en aprender a utilizarla para convertirse en un profesional más completo, más resolutivo y más ágil. La formación, por tanto, será la clave. Todo dependerá de nuestra capacidad para adaptarnos. Como dijo Darwin, “no sobrevive el más fuerte ni el más inteligente, sino el que mejor se adapta al cambio”.



